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Gabriela Mistral llegó a Africa

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A ochenta años del Nobel de Gabriela Mistral, en Chile se discute cómo rendirle homenaje: si con una estatua, una avenida o un nuevo premio nacional. Pero vale la pena recordar que el verdadero homenaje no siempre se alza en mármol ni se dicta desde el protocolo, sino que a veces florece en tierra lejana, sin nombre ni anuncio, en actos pequeños, pero transformadores.


En Nairobi, capital de Kenia, una escuela lleva el nombre de Gabriela Mistral. Una más, podría pensar el lector. Pero cuando ese homenaje se instala al otro lado del mundo, en un país con otra lengua, otra historia, otra geografía, la pregunta que surge no es por qué está ahí, sino cómo su palabra logró cruzar fronteras e idiomas. A este reconocimiento simbólico se suma otro concreto: la Embajada de Chile ha distribuido más de cinco mil ejemplares de sus poemas infantiles, traducidos al suajili, la lengua local junto al inglés. Es un gesto sencillo, pero significativo. Sin embargo, lo más profundo no es la circulación de sus textos, sino la vigencia de sus ideas, y eso ha llegado a África.


Porque Mistral vive donde una mujer es cuidada, donde la infancia es protegida, donde la dignidad es defendida como un derecho y no como una excepción. Vive donde se siembran actos de ternura radical y vocación pedagógica, donde se resisten el abandono y la desesperanza con lo esencial: presencia, cariño y una palabra de aliento.


La Nobel escribió que educar a la mujer es hacerla libre y digna, y que “abrirle un campo más vasto de porvenir es arrancar a la degradación muchas de sus víctimas”. Quien encarna hoy esas palabras —sin quizás haberlas leído nunca— es Domtila Ayot, una mujer keniana de 75 años que ha dedicado su vida a acompañar a niñas y adolescentes embarazadas en situación de extrema vulnerabilidad. Su historia aún no aparece en libros ni en documentales.

Vive en Kibera, el asentamiento informal (o slum) más poblado de Kenia y uno de los más grande de África. Domtila ha levantado con paciencia y coraje un lugar de acogida para madres jóvenes que, de otro modo, estarían solas. En medio del hacinamiento, la pobreza y el olvido, su obra —como la de Gabriela en su tiempo— consiste en hacer de lo imposible algo vivible, y de lo vivible, algo esperanzador. Ambas, desde sus propios momentos y geografía, comparten una misma vocación: proteger a la mujer, afirmarla en su dignidad, y abrirle horizontes cuando todo parece cerrarse. Una desde la palabra y la diplomacia; la otra, desde la acción diaria e invisible.


Conmovidos por esta realidad, hace diez años un grupo de jóvenes chilenos decidió sumarse al trabajo en terreno, dando origen a la Fundación Maisha, una iniciativa chileno-keniana que hoy acompaña a cientos de mujeres durante el embarazo y el posparto, permitiéndoles recibir a sus hijos en condiciones dignas que ambos merecen. Desde la cooperación internacional, esta fundación ha hecho de la acogida, la salud y la educación un acto concreto de justicia, tal como lo entendía Mistral.

Tal vez ese sea uno de los homenajes más profundos a Mistral: no una estatua, sino una continuidad; no una celebración, sino una siembra. Porque entre versos y actos concretos, seguimos abriendo ese campo de porvenir que la poetisa soñó no solo para las mujeres chilenas, sino para todas las mujeres del mundo.


Simón Pinto Flores

Ex voluntario en terreno 2025

Fundación Maisha

 
 
 

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